NARRADOR El sol se levantaba en el horizonte cuautlense. El rocío matinal le daba a las arboledas y a los prados ese reluciente centelleo que desborda la fascinación. En el Camino Real hacia la Hacienda de Santa Bárbara, Cihuatl se encontró con una viejecilla que vestía unas andrajosas prendas y unos huaraches rotos; los restos de tierra y suciedad se mostraban como costras en las uñas y en los pies.  
VIEJITA Buenos días, señorita, ¿podría ayudarme con mi reboso?; me parece que está roto. ¡Mire nada más, ando tirando todas mis semillas y para colmo me vienen siguiendo estas condenadas gallinas! ¡Sáquense! 
CIHUATL IUKAYOTL (TONO ALEGRE Y SONRIENTE) Claro, ¿podría darse la vuelta para que le anude el rebozo?… ¡Ya está!
VIEJITA (ALEGRE) ¡Es usted muy amable, señorita; muchas gracias, y que Dios la bendiga!
CIHUATL IUKAYOTL (TONO ALEGRE Y SONRIENTE) Váyase con cuidado.
NARRADOR Cihuatl continuó su camino. Paseaba entre los árboles de sauces, zompantles, mezquites, ahuehuetes y amates, cuando se detuvo cerca de la hacienda. Contempló que dentro de ésta se estaba levantando una peculiar estructura: la nueva torre de la capilla. 
CIHUATL IUKAYOTL (PARA SÍ) ¡Qué bella edificación! 
TRABAJADOR ¡Hey! ¿Qué hace usted ahí? Tenga mucho cuidado, señorita, qué no ve que estamos trabajando, no vaiga a ser que le caiga una piedra o un madero. 
CIHUATL IUKAYOTL Descuide, estaré atenta.   
NARRADOR Cihuatl se dio la vuelta y retomó su camino por el sendero. Al cabo de unos metros se encontró con un grupo de personas que vestían de manera distinguida. Portaban unos elegantes pantalones de vestir, camisa blanca y notorios sacos de color negro. Entre ellos estaba el poderoso Don Federico Romero, un adinerado azucarero que buscaba expandir sus latifundios.
FEDERICO ROMERO Como les decía, caballeros, al término de la construcción de la ermita de la hacienda, continuaremos con la demolición de algunos de los bosques de la región para un nuevo ingenio azucarero que es vital para nuestro enriquecimiento.
HACENDADO 1 Tiene usted toda la razón, Don Federico; tenemos que aprovechar la mano de obra que se oferta aquí.  
FEDERICO ROMERO (ALEGRE/SONRIENTE) ¡Indudablemente! Vengan, caballeros, les mostraré el otro lado de la hacienda.
NARRADOR Cihuatl se interesó por la plática de los hacendados y de Don Federico y los siguió discretamente por el sendero. Risas y carcajadas se escuchaban por toda la hacienda. Prosiguieron hasta toparse con la construcción de la capilla. Los jornaleros trabajaban arduamente bajo el sol. La fatiga y la sed estaban a flor de piel en cada gota de sudor que manaba de sus morenos cuerpos. En la parte alta de la ermita, cuatro peones montaban el fastuoso campanario. Colocaban piedras, cal y mucílago de nopal para afianzar la estructura hasta que el cansancio trajo consigo una falta de atención. Una enorme piedra que no estaba bien apuntalada se colapsó de repente.   
TRABAJADOR  ¡Cuidado!
NARRADOR Federico, quien se encontraba al frente del grupo fue gravemente herido tras el impacto de la roca. Ésta le golpeó la cabeza de forma tan fortuita que libró el que quedara desnucado. Don Federico cayó al suelo inconsciente y sin aparente vida. Los hacendados estaban impactados y aterrados; rápidamente buscaron a los culpables del accidente y pedían a gritos que fueran aprehendidos. Cihuatl, al presenciar lo acontecido, corrió hacia el grupo de adinerados y los apartó de inmediato. Se puso de rodillas y tomó la cabeza sangrante de Don Federico.
HACENDADO 1 (CONFUNDIDO) ¿Quién es usted, mujer? 
HACENDADO 2 (EXALTADO) ¡Deje a Don Federico y busque a un médico, deprisa!
CIHUATL IUKAYOTL (PARA SÍ) Está sangrando demasiado; tenemos que parar la hemorragia. Necesito una hoja Muicle.
HACENDADO 1 (SERIO) ¿Muicle? Que tontería, en esta hacienda no hay Muicles.
CIHUATL IUKAYOTL Hay unos cuantos retoños detrás de aquel arbusto ¡Vaya, rápido!
NARRADOR A la orden de la curandera, el hacendado se apresuró a buscar la milagrosa hierba. Cihuatl colocó rápidamente su mano sobre la tierra y un fulgor dorado resplandeció ligeramente sobre el contorno de su mano. El hacendado llegó al arbusto y se sorprendió al ver como una pequeña planta de muicle crecía de manera sobrenatural, con el mismo fulgor dorado, en el suelo de la hacienda. 
HACENDADO 1 (PARA SÍ MISMO) ¿Qué rayos? ¡Cómo es que está germinando!  
CIHUATL IUKAYOTL (A LO LEJOS) ¿La tiene? ¡No queda mucho tiempo!
HACENDADO 1 (SORPRENDIDO/TARTAMUDEANDO) ¡La tengo, la tengo!… Toma, aquí tienes.
NARRADOR Cihuatl recostó la cabeza de Don Federico sobre el suelo, se quitó una chalina que traía puesta en los hombros e hizo una especie de almohada para colocarla debajo de la cabeza del herido.
CIHUATL IUKAYOTL Le arderá un poco, pero ayudará a parar el sangrado.
FEDERICO ROMERO (VOLVIENDO EN SÍ) (ADOLORIDO) ¿Quién es usted? 
CIHUATL IUKAYOTL Soy Cihuatl Iukayotl, la madre naturaleza. 
NARRADOR Cihuatl tomó las hojas Muicle y las colocó sobre la frente donde brotaba todavía sangre. Situó la palma de su mano derecha sobre las hojas, cerró los ojos y comenzó a musitar algo en náhuatl y luego en castellano. 
CIHUATL IUKAYOTL Ximeua, ximijyoti, xiixuetska, uan xijnemilli xinejnemi… Levántate, respira, sonríe y sigue adelante.
HACENDADO 1 (TARTAMUDEANDO) ¿Qué está haciendo?
NARRADOR Cihuatl retiró lentamente cada una de las hojas de Muicle que había colocado en la frente de Don Federico. Los hacendados, peones y gente que se había acercado miraban incrédulos el extraordinario espectáculo. Al término de la plegaria y al quitar la última hoja, el flujo de sangre se había detenido por completo. Ya no había rastro de golpe, rasgadura, fractura o contusión en la cabeza de Don Federico. La gente, sorprendida, retrocedieron unos cuantos pasos. Los hacendados comenzaron a murmurar entre ellos sobre la presencia de un sagrado milagro o acto profano de brujería.
CIHUATL IUKAYOTL ¿Cómo se siente, Don Federico?
FEDERICO ROMERO (CONFUNDIDO) Bien… bien… sólo con un pequeño dolor de cabeza y sed.
CIHUATL IUKAYOTL Tranquilo, es normal. Tome mi mano en lo que buscan su cuenco con agua.
NARRADOR Cihuatl se levantó y extendió gentilmente su brazo. Don Federico le tomó delicadamente la mano y se incorporó lentamente mientras se sacudía el polvo de sus prendas.
FEDERICO ROMERO (TEMEROSO) No sé qué me ha hecho, Cihuatl, pero se lo agradezco. ¿Cómo puedo recompensarla?
CIHUATL IUKAYOTL (TRANQUILA) No tiene que hacerlo, aunque escuche que quiere destruir parte de las arboledas. La hoja que detuvo su sangrado, el Muicle, es un ser que ahí habita. Tiene el mismo derecho a vivir que usted. Sea justo y no destruya las arboledas.
FEDERICO ROMERO (DECIDIDO) Tiene razón, cómo puedo contradecir a la madre naturaleza, y menos cuando me ha salvado la vida.
CIHUATL IUKAYOTL Es una sabia decisión, Don Federico; el equilibrio natural es muy importante para la región. 
NARRADOR Cihuatl dejó atrás al grupo de adinerados hacendados y continuó su camino por el sendero hasta perderse en el horizonte. Don Federico y sus colegas entendieron desde aquel día el importante valor de la naturaleza en la vida del hombre y el respeto que le conlleva. Con el paso del tiempo, los hacendados fueron platicando de generación en generación la historia de una extraña mujer, una nahuala milagrosa, que con sus poderes y conocimientos de herbolaria ayudó a uno de los hombres más ricos en todo Cuautla.  Actualmente sólo es un rumor.

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