NARRADOR Una tarde soleada, Cihuatl Iukayotl y el joven seminarista Acacio Labrador estaban sentados debajo de un enorme árbol de amate del Bosque de Cuautlixco. Estos árboles, los amates, sean blancos o amarillos, son enormes y longevos. Sus imponentes dimensiones y notoria belleza hacen suponer que sólo un poder divino puede crear algo así. 
CIHUATL IUKAYOTL (SUSPIRA)¡ Ah! Me encanta respirar este aire tan fresco y sentir los rayos de sol.
ACACIO LABRADOR (RÍE) ¿Le gusta?
CIHUATL IUKAYOTL (FELIZ) Todo lo que ofrece la madre naturaleza es un gozo. Mire esas pozas.
NARRADOR Cihuatl señaló hacia un fantástico oasis cuautlense: los manantiales del Bosque de Cuautlixco. Un paradisiaco lugar con frescas aguas y vegetación abundante. 
CIHUATL IUKAYOTL  ¿Le gustaría refrescarse un poco, Acacio?
ACACIO LABRADOR (NERVIOSO) ¡Cómo cree, Cíhuatl! Yo le tengo miedo al agua.
CIHUATL IUKAYOTL  (TRANQUILA) No hay razón para temer de ella. Caminemos hacia los ojos de agua y cuénteme la raíz de su miedo. 
ACACIO LABRADOR (TÍMIDO) De pequeño recuerdo haber caído a un lago…, no estaba lejos de casa, pero vaya si tardaron mucho en rescatarme mis padres. Me tomé de unas ramas, desesperado; no podía salir y tragaba y tragaba agua. Fue una eternidad  para mí. Desde entonces, jamás he puesto un pie en el agua, Cihuatl.
CIHUATL IUKAYOTL (TRANQUILA) Lo entiendo, Acacio. Pero estas aguas son especiales, son curativas. La madre naturaleza las hizo sulfurosas para hacer, como usted dice, milagros. 
ACACIO LABRADOR (TÍMIDO) No estoy listo, pero gracias.  (RÍE) Pero adelante, no le quito las ganas de echarse un chapuzón. 
CIHUATL IUKAYOTL (FELIZ) Tome mi mano. 
ACACIO LABRADOR (TRANQUILO) Yo la veo, ándele.
NARRADOR Cíhuatl dejó sus prendas de manta y poco a poco se fue metiendo a la poza, mientras Acacio contemplaba sentado el desnudo cuerpo de la hermosa deidad encarnada.
ACACIO LABRADOR (SUSPIRA) Cihuatl, qué hermoso cuadro me regala: su cabello largo al nadar se ve precioso. Sus bellos ojos cautivarían a cualquiera. Su piel morena brilla bajo las cristalinas aguas. Mis ojos no se cansan de verla, verdad de Dios. 
CIHUATL IUKAYOTL (RÍE) ¿Qué cosas dice? Tome mi mano y venga, por favor. Le juro que no le pasará nada.  
ACACIO LABRADOR (ESPANTADO) ¡No lo sé!
NARRADOR Cihuatl comenzó a tararear un canto en náhuatl. El majestuoso canto atrajo a cuatro tortugas que se acercaron juguetonas y se pusieron alrededor de ella. Cihuatl invitaba a Acacio a que se adentrara al ameyal. El joven seminarista dejó sus prendas también a la orilla y lentamente se fue metiendo hasta alcanzar a Cihuatl. Los sauces, zompantles, mezquites, ahuehuetes y amates les brindaban una romántica privacidad.    
ACACIO LABRADOR (ESPANTADO) ¡Y estas tortugas! Pero qué…
CIHUATL IUKAYOTL (TRANQUILA) No les tema, ellas lo ayudarán; confié en mí. Ponga sus pies en ellas.
NARRADOR Acacio colocó sus pies en los caparazones de dos tortugas, mientras que las otras dos se colocaron a los costados del seminarista. El extraordinario tamaño de los extraordinarios reptiles le permitió actuar como si fueran flotadores. 
CIHUATL IUKAYOTL (TRANQUILA) No tema, la madre naturaleza no le hará daño. Si hay alguien a quién temer, es al hombre mismo. 
ACACIO LABRADOR (SORPRENDIDO) ¡Qué sensación tan maravillosa es el agua corriendo por todo mi cuerpo! 
CIHUATL IUKAYOTL (RÍE) Deje que las tortugas lo guíen, ellas son inteligentes.
NARRADOR Cihuatl acompañaba a Acacio mientras las tortugas lo arrastraban por varios sitios de la fresca poza. Poco a poco Acacio empezó a mover sus extremidades sin la ayuda ya de las locales asistentes. El joven seminarista comenzó a nadar como si fuera obra de un hechizo, pero no. La cálida enseñanza de Cihuatl y el instinto de Acacio se conjuntaron para lograr truncar el miedo que él sentía por el agua. 
ACACIO LABRADOR (RÍE) No lo puedo creer, míreme. (EMOCIONADO) ¡Estoy nadando! 
CIHUATL IUKAYOTL El agua es milagrosa, ¿Aún le teme?
ACACIO LABRADOR ¿Cuál temor? No puedo creer que jamás haya intentado esto. Mire nada más, Cihuatl, hasta las tortugas siguen aquí.  
CIHUATL IUKAYOTL Gracias, tortugas; regresen a su hogar.
NARRADOR Las tortugas se despidieron de Cihuatl sacando levemente su cabeza del agua y haciendo lo que parecía ser como un gesto. Acacio hizo lo mismo y les agradeció sobándoles sus voluminosos caparazones. 
CIHUATL IUKAYOTL Sentémonos bajo ese árbol, Acacio; para dejar escurrir el agua y secarnos; pronto atardecerá y es probable que llueva. 
NARRADOR Cihuatl y Acacio salieron de las pozas de agua y se colocaron nuevamente sus prendas. Se sentaron en unas rocas, debajo de otro amate que estaba cerca de la orilla de los ojos de agua. Acacio tenía una gran sonrisa dibujada en su rostro; estaba feliz. 
CIHUATL IUKAYOTL Veo ya una gran dicha en ese barbado rostro. ¿Le gustó, Acacio?
ACACIO LABRADOR (REFLEXIVO) No tengo palabras. ¿Cómo hizo para que llegaran esas tortugas? Fue en verdad impresionante. 
CIHUATL IUKAYOTL Soy la madre naturaleza, amo a todo ser vivo y siempre los ayudaré.  Pero… ¿Qué me iba a decir?
ACACIO LABRADOR Su bondad no tiene límites. Amo la forma en que ayuda a los demás. Esto sólo me ha convencido de que…
CIHUATL IUKAYOTL Se aproxima una tormenta, será mejor que tomemos camino de regreso antes que oscurezca y se complique el trayecto. 
ACACIO LABRADOR (TÍMIDO) Tiene razón, Cihuatl… Regresemos.
NARRADOR Las pasajeras nubes venían cargadas. En un abrir y cerrar de ojos se soltó una típica lluvia de finales de verano y de principios de otoño. Las prendas de Cihuatl y Acacio se mojaron nuevamente, los dos estaban empapados.  
CIHUATL IUKAYOTL (APRESURADA) Rápido, Acacio; no quiero que vaya a enfermar.  
ACACIO LABRADOR (TRANQUILO) No se preocupe; vayamos para el Bosque de Chiconahuapan, ahí un amigo del hospital tiene un pequeño cuarto donde podemos encender un fuego y yo podré preparar un tónico medicinal con hierbas para evitar los resfriados. Nos puede dar unas prendas de manta en lo que pasa la lluvia. 
NARRADOR Desde ese día, Acacio Labrador jamás volvió a tener miedo del agua gracias a Cihuatl Iukayotl, pero su más grande revelación fue que descubrió que tenía un hermoso cariño por esa mujer. Él sabía desde el centro de su corazón, que por ella sentía algo más allá que solo amistad. Acacio prefirió dejar enterrado su secreto en lo más profundo de su ser. A él no se le tenía permitido amar.  

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